Derecho Mercantil · 5 de octubre de 2026
Una empresa no entra en crisis el día en que deja de pagar una factura. Normalmente las señales aparecen antes: la tesorería se estrecha, se aplazan impuestos, aumenta el crédito de proveedores, se renuevan pólizas para cubrir gastos corrientes y cada mes cuesta más atender nóminas o cuotas. Esperar a que todo falle a la vez suele ser la peor estrategia.
La situación merece especial atención en 2026. Según la estadística del Colegio de Registradores, los concursos de personas jurídicas aumentaron un 11,6 % interanual en el segundo trimestre. No significa que toda pyme con tensiones de caja esté abocada al concurso, pero sí confirma que actuar pronto importa. En nuestro asesoramiento mercantil para empresas analizamos precisamente cuándo una dificultad de tesorería exige ya una decisión jurídica.
No toda falta de liquidez es insolvencia
Tener un mes malo no equivale a ser insolvente. Una tensión puntual puede resolverse con cobros próximos, refinanciación, venta de activos no esenciales o ajustes de gasto. El problema cambia cuando la empresa ya no puede cumplir regularmente sus obligaciones exigibles, o cuando prevé que en los próximos meses no podrá hacerlo.
La Ley Concursal distingue la insolvencia actual de la inminente y, además, contempla la probabilidad de insolvencia para facilitar soluciones tempranas. Esa distinción no es terminología académica: determina qué herramientas pueden utilizarse y cuánto margen existe para negociar antes de que los acreedores empiecen a ejecutar.
Cinco señales que no conviene normalizar
Hay síntomas que, aislados, pueden ser manejables; combinados, exigen una revisión inmediata: pagar sistemáticamente fuera de plazo, fraccionar deudas fiscales o de Seguridad Social sin un plan sostenible, devolver recibos, financiar pérdidas operativas con nuevas deudas y retrasar pagos esenciales para atender otros más urgentes.
También es una señal seria depender de un único cobro para poder afrontar nóminas, alquileres o proveedores. Cuando la empresa empieza a elegir cada semana qué deuda deja sin pagar, ya no basta con mirar la cuenta bancaria. Hay que ordenar vencimientos, garantías, avales, contratos, reclamaciones recibidas y previsiones reales de caja.
Negociar antes de que la urgencia decida por la empresa
Una empresa viable puede necesitar tiempo, quitas, esperas, nueva financiación o una reordenación de contratos. La negociación funciona mejor cuando todavía existe actividad, información contable fiable y capacidad para ofrecer una propuesta creíble. Si el problema principal son clientes que no pagan, conviene separar la crisis propia de la reclamación de facturas impagadas. Cobrar lo debido puede ser parte de la solución, pero no debe utilizarse como excusa para ignorar un desequilibrio estructural.
Para determinadas empresas, la comunicación de apertura de negociaciones y los planes de reestructuración permiten actuar en fases previas. Las microempresas, sin embargo, están sometidas a un procedimiento especial cuando reúnen los requisitos legales: menos de diez trabajadores y, además, un volumen de negocio anual inferior a 700.000 euros o un pasivo inferior a 350.000 euros, conforme a las últimas cuentas cerradas.
El administrador también debe proteger su posición
Cuando la sociedad se deteriora, el administrador no puede limitarse a esperar. Debe conocer la situación patrimonial, documentar las decisiones y valorar si existe causa de disolución, insolvencia o necesidad de iniciar un procedimiento concursal. Llegar tarde puede agravar el daño para acreedores y abrir un problema personal.
Por eso conviene revisar desde el principio la posible responsabilidad del administrador por deudas sociales. No se trata de asustar al empresario, sino de evitar que una crisis de la sociedad se transforme por inacción en un riesgo sobre su patrimonio personal. Las actas, balances, previsiones de tesorería y decisiones adoptadas en junta pueden ser decisivos meses después.
¿Reestructurar, continuar o cerrar?
No todas las empresas deben salvarse a cualquier precio. Si el negocio sigue siendo rentable pero atraviesa una tensión financiera, puede tener sentido reestructurar. Si la actividad es inviable y cada mes crea más deuda, prolongarla suele empeorar la posición de todos. Y si existen activos suficientes para pagar a los acreedores, puede estudiarse una disolución y liquidación de una sociedad limitada ordenada en lugar de dejar una sociedad inactiva acumulando obligaciones.
La decisión debe tomarse con números y documentos, no con intuiciones. Es necesario conocer qué se debe, a quién, qué garantías existen, qué contratos son esenciales, qué créditos pueden cobrarse, qué activos conservan valor y qué escenario permite reducir el daño.
Actuar pronto conserva opciones
El mejor momento para pedir asesoramiento no es cuando llega el embargo. Es cuando empiezan a repetirse las señales de tensión y todavía hay margen para ordenar la empresa. Una revisión jurídica y financiera temprana permite distinguir un problema pasajero de una insolvencia real y escoger la vía menos destructiva.
En Madrid Salinas Abogados analizamos la documentación societaria, las deudas, los contratos y la situación de los administradores para definir una estrategia realista. Si su empresa está empezando a fallar en pagos o necesita decidir entre negociar, reestructurar o cerrar, puede solicitar una consulta jurídica mercantil antes de que la urgencia reduzca las alternativas.
Juan Madrid Salinas, abogado principal en Madrid Salinas Abogados. Especialista en litigación, resolución de conflictos y estrategia jurídica en Derecho Civil, Familia, Sucesiones, Laboral, Mercantil y Penal. Defensa firme, trato cercano y resultados.
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